Hace ya casi hace un año me convertí en madre. Digo convertir, porque como bien define el diccionario, convertir significa cambiar, transformarse en otra cosa. Ser madre, sin duda, nos cambia, nos transforma, nos deporta a otro mundo, a un submundo reinado por la metamorfosis. Si interiorizamos el aprendizaje, partiremos del reino de las orugas, para volar como crisálidas.

Pocas personas hablan de la dureza de los primeros meses en que devenimos madres, incluso de los primeros años. Existe una especie de tabú social que solo nos permite hablar de la recompensa que nos ofrece este acontecimiento único. Lo cierto, es que la realidad del hecho materno dibuja en sí mismo un abismo. Existe un  largo trecho entre lo que decimos y lo que sentimos.

La gestación, por lo general, es un periodo de luz y color. La ilusión, la esperanza y esa inocente incredulidad nos acompañan a lo largo de ese maravilloso periodo. Después llega el post parto. Un mundo sin orden, que nada tiene que ver con lo conocido, con el control. Un mundo que exige cambios, que exige entrega.

Nos sentimos solas, desbordadas, incapaces, aprisionadas, incomprendidas, acalladas. Creemos que estos sentimientos contradictorios no serán bien recibidos en la sociedad. Nuestro cuerpo y nuestra mente distan miles de quilómetros de las revistas de buenos padres. De buenas madres.

Yo misma, dispuesta a hablar de la realidad de esos sentimientos, borro líneas una y otra vez. Es un malestar teñido de responsabilidad. Como si el hecho de conectar con las emociones, restara amor por nuestro retoño. Nada tiene que ver.

En realidad, es una puerta al autoconocimiento. Ese malestar que se despierta nos trae mucha información de ese submundo. Es tiempo de crecer, de indagar, de conocer. Y ese pequeño ser, nos trae señales. Hay que aprender a descifrarlas. Su malestar es nuestro malestar. Su inquietud es la nuestra. Es el momento de detenerse y mirar profundamente hacia atrás. Elevar la conciencia, para construir el presente que queremos. Para nosotras, para nuestros pequeños y para nuestro mundo.

Ése es el reto. Un mundo mejor es posible. La maternidad nos abre esa puerta. Es nuestra oportunidad. Es el principio del todo. Conocernos. Saber quiénes somos. Qué hemos hecho a lo largo de nuestra vida. Qué personaje hemos adoptado para sobrevivir al desamor. Es hora de desarmarlo, desmenuzarlo, entenderlo. Después… elegir, con libertad. Con la conciencia elevada. Solo así podremos mirar a nuestro retoño, con los ojos limpios. Sin mochilas y sin cargas. Como a un ser libre, al que acompañar y acompasar. Queda mucho camino… toda una vida.