El otro día hablaba con una buena amiga que estaba esperando los resultados de una biopsia. Le habían encontrado unos quistes en un ovario y, obviamente, estaba muy nerviosa y preocupada.

Días previos, al desafortunado hallazgo, habíamos conversado acerca de la vida. Me contaba que se sentía vacía, sin motivación ninguna. Ni su trabajo, ni su pareja parecían llenarle ese vacío tan profundo. Tan solo encontraba luz cuando velaba por sus hijos y cuidaba de ellos. Todo lo demás, aparentemente, no tenía ningún sentido. Sin embargo, cuando buceábamos en las causas de ese agujero negro, nuestra protagonista caía en la cuenta de que no había nada tan terrible para tener ese sentimiento. Su pareja era una buena persona y había una buena relación entre ellos. Ella parecía tener claro que deseaba seguir en esa relación, pues valoraba la familia que habían construido y el amor que sentían el uno por el otro.  Tan solo reflexionaba acerca del desgaste de los años. Echaba de menos esa ilusión que en un inicio se hacía llamar amor.

Cuando se refería a su empleo, tampoco encontraba las raíces de su malestar, pues su trabajo era cómodo y bien remunerado. Quizás le faltaba encontrar su propósito en la vida, pero en estos momentos, tampoco lo conocía. Sin embargo, su sentimiento de desidia la acompañaba últimamente y no sabía cómo cesar esa necesidad de esperar otra vida, de esperar que las cosas cambiasen radicalmente.

Reflexionamos a fuego lento acerca de esa sensación de carencia. A veces no somos del todo los protagonistas que querríamos ser para nuestra película, pero nos conformamos por mil motivos: comodidad, desconocimiento, miedo… o simplemente, porque no sabemos lo que queremos y lo que no.  Y es que saber lo que uno quiere requiere de mucha conexión interior y eso merece otro artículo.

Cuando mi amiga salió del hospital me llamó para explicarme los pormenores de la intervención y muy reflexiva me soltó:  “a ver si la vida, resulta, que se trata de esto. A ver si he estado desperdiciando los mejores momentos de mi vida”. Eso me hizo pensar en un proverbio árabe que reza algo así: “lo pasado ha huido, lo que esperas está ausente, pero el presente es tuyo”.

Creo que ahí reside el quid de la vida: creer que el presente es totalmente nuestro. Dejar de cavar en ese agujero profundo y poner barreras al lamento.  Nuestra existencia es demasiado corta, demasiado fugaz e infinitamente bella para dejarla escapar.  Creo que la gran batalla de la vida se libra en el interior.  Tal vez no haya tantas cosas ahí fuera por cambiar, o tal vez sí, pero mientras tanto podemos llenar ese agujero de semillas de gratitud y que un día florezca un campo de alegría por el simple hecho de estar vivos. Porque… no vaya a ser que la vida se trate de esto.