Desde hace tres días me levanto con la triste noticia del fallecimiento de algún conocido, compañero o persona cercana y eso me hace pensar en lo frágil que es la vida. De alguna manera, en estos días, nuestras preocupaciones exceden nuestras fronteras personales, ¡Nada importa más que nuestros seres queridos estén bien! De repente, nuestra solidaridad renace desempolvada y, recordamos, como el Principito de Saint Exupéry, que lo esencial es invisible a los ojos .

Heminway decía que vivimos esta vida como si llevásemos otra en la maleta y, en cierto modo tiene razón. No caemos en la cuenta que la vida es nuestra gran obra maestra y no un mero ensayo cotidiano.

¿Hay algo más importante que vivir mientras se está vivo?

Los momentos cercanos a la muerte sirven para resetear ese sentido de nuestra existencia. Quizás ha llegado el momento de despertar si estamos dormidos o, conectar de nuevo si estamos afuera.

La naturaleza, día a día, nos demuestra que somos parte de ella y que no podemos vivir de forma ajena. Dicen que el batir de las alas de una mariposa puede provocar un huracán en otra parte del planeta y es que, cualquier acción por pequeña que sea tiene la capacidad de cambiar el mundo. Todos nosotros, de alguna manera, batimos nuestras alas constantemente. Quizás ha llegado el momento de hacerlo de forma consciente y convertir la vida en algo más grande.